Manjares o Ponzoñas
Miércoles Septiembre 30th 2009, 9:51 am
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Mi nombre es Agnes. Mi madre, que me tuvo de adolescente, me puso así por Agnes Gonxha Bojaxhiu, el nombre de nacimiento de la Madre Teresa de Calcuta.

De chiquita me críe en casa de mis abuelos.

Habré tenido once años cuando conocí a Inés. En ese tiempo mis ojos de niña la veían como una mujer muy mayor, pero la verdad es que apenas alcanzaba las tres décadas. Morena, de pelo liso, delgada, de hermosas facciones y nariz pronunciada; todos decían en el barrio que era bruja, y la verdad es que por su linda y peculiar nariz y estrafalarios atuendos lo parecía. Ahora pienso que lo decían por envidia: no tenía marido ni trabajo ni hijos, bella y feliz; además de porque en verdad Inés era aficionada a las artes. En ese tiempo no todas las casas en mi pueblo tenían teléfono, así que la vecina Inés nos pedía a veces prestado el teléfono y mi abuelo se mostraba muy acogedor.

Yo, como todas las niñas y niños del barrio le tenía miedo a la bruja. Y a su casa, que en realidad era como cualquier otra casa del barrio, pero estaba cubierta con el halo de los chismes sobre brujería y maldad. Hasta que un día Inés olvidó sus llaves dentro, quedándose afuera sin poder entrar. Pidió ayuda en nuestra casa y a mi abuelo se le ocurrió la grandiosa idea de que como yo era la más chica podía entrar por alguna ventana que le hubiera quedado abierta. Ni a mi abuela ni a mi nos gustó la idea, pero ya no me quedaba otra.

Empapada de miedo, camino a su casa, a ratos tenía terror de mearme; para tranquilizarme pensaba que mi abuelo no dejaría que nada malo me sucediera. La ventanita del baño que daba al patio justo estaba entreabierta. Con ayuda de mi abuelo entré. Atravesé la casa a oscuras, sin querer detener mi atención en nada. Pero no pude evitar mirar las velas de un cuarto apenas iluminado por el alumbrado de la calle, eran muchísimas y de todos los colores; excepto blancas, y al darme cuenta de este detalle sentí pavor, pero también alegre curiosidad. Y seguí mi camino hasta la puerta de entrada, más empeñada ahora en no detenerme en nada. Abrí la puerta e Inés con una bellísima sonrisa me dio las gracias, me preguntó si me gustaban los dulces y yo le contesté que sí, me pidió que la esperara un momento y entró a su casa. A los segundos volvió con un frasco de mermelada de ruibarbo que me regaló en agradecimiento.

Luego de eso le perdí el miedo a la bruja y una apremiante curiosidad tomó su lugar. Quería inmiscuirme en su vida a toda costa y averiguar de qué trataban los días de tan peculiar personaje. Por supuesto Inés lo notó de inmediato y no tuvo problema en abrirme sus puertas. Le ayudaba con su telar mientras me contaba historias de hadas, muertos vivientes, misteriosos dioses y diosas terribles. Le ayudaba a cocinar y aprendía sus recetas, distintas a todo lo que había probado de la mano de mi abuela y en los pocos restoranes a los que me habían llevado. La pasaba muy bien con mi nueva amiga grande. A veces llevaba a Cristian, un amiguito del barrio un par de años menor que yo y desobediente como él solo, a jugar a casa de la bruja, comíamos de una mermelada que ella hacía con las adormideras de su jardín y pasábamos la tarde tumbados en el pasto divirtiéndonos con las nubes mientras ella se ocupaba de sus asuntos. (más…)



Lunes Septiembre 28th 2009, 6:54 pm
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Lunes Septiembre 28th 2009, 12:37 am
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Mi nombre es Colombina. Hace un par de meses cumplí 27 años. No puedo decir que me dedique ahora a nada en específico: más bien vivo en la incertidumbre: una plácida incertidumbre con el sabor de la libertad. Antes estudié enfermería.

Me gusta escribir, a veces escribo poemas. Me gusta escuchar música e imaginar alegres melodías que recorren mis piernas y suben hasta mi bajo vientre donde vibran exquisitamente.

Soy morena y delgada. Mi cabello azabache es liso y siempre lo he llevado largo. Me preocupo mucho por mi alimentación y salud. Refuljo oscuramente.

Esta historia trata de mi relación con Carlos y de lo sucedido haca algunas semanas en mi cumpleaños.

Carlos es mi amigo de toda la vida, aunque durante nueve años no supe nada de él y pensé que nunca más lo vería. Pero Carlos volvió y puedo decir que es mi amigo de toda la vida. Nuestras madres también eran amigas y nos juntaban desde que eramos guaguas. Él es un año menor que yo. Mientras ellas jugaban a las cartas y tomaban tecito nosotros nos transformábamos en niños y luego en adolescentes. Hasta aquí fuimos como hermanitos. Íbamos en la misma escuela, pero yo iba un curso más arriba. Nos juntábamos en los recreos a jugar, a conversar y a compartir la colación. Él prefería estar conmigo a estar con sus compañeros hombres y yo prefería estar con él que con las niñas del curso. En un momento nuestro comportamiento les pareció extraño a los profesores y alertaron a nuestras madres que se preocuparon y pensaron en llevarnos al sicólogo, pero gracias a dios pronto lo olvidaron.

Fue durante los últimos años de escuela cuando noté que Carlos algo me ocultaba. De a poco se alejaba de mí y se volvía más torpe y nervioso en su trato que hasta entonces siempre había sido fluido y confiado. Quise averiguar qué le sucedía y obsesivamente investigué. No sé si descubrí que era lo que pasaba exactamente, pero descubrí algo que provocó un extraño vuelco en nuestra relación: su afición por el porno. Hallé una revista y una película pornográficas husmeando en la mochila de Carlos durante un recreo y, aunque me sentí muy atraída por lo que veía, rápidamente dejé las cosas en su lugar temerosa de que alguien me sorprendiera.

No quería perder a Carlos, durante años compartimos las mismas aficiones: Tiramos piedras al mar, paseamos en bicicleta, disfrutamos los mismos dibujos animados, la misma música, los mismos dulces y chocolates. ¿Por qué no podíamos seguir compartiendo?

Ideé un plan. Bajé de internet dos pornos, las elegí por sus carátulas y sus nombres, todavía los recuerdo: The Hot Lunch y Slip Of The Tongue. E invité a Carlos a almorzar un día que mi madre se ausentaba. Como una buena niña le cociné con amor. Y una vez que hubimos comido le dije que le tenía una sorpresa, lo llevé para mi pieza y puse los vídeos. Al principio Carlos se cortó mucho, no quería ver las películas conmigo, se puso arisco. Yo le expliqué lo que sentía, le dije que quería ser su amiga. Carlos me entendió con todo cariño y pidió disculpas por su torpeza. Miramos las películas. Ví como muy rápidamente se le abultaba el pene en el entrepiernas del pantalón. Sin duda estábamos nerviosos, pero muy excitados también. Le pregunté si le gustaría que lo masturbara y me dijo que sí. Le bajé el cierre y liberé su verga, durísima. Se sentía tan rico en mis manos, fue la primera vez que toque un pene: caliente y palpitante, lo acaricié: primero suave, luego fuerte: siguiendo los ritmos de la película. Quiso follarme, pero yo no quería y no lo dejé aunque estaba muy caliente. Me desabroché la camisa y dejé que me acariciara las tetas. Mis pezones se endurecieron y sentía como las carnes de mi conchita se ablandaban en su juguito. Hasta que su verga escupió y me manchó la falda, me miró con cara de niño avergonzado y yo le devolví una pícara sonrisa, su rostro se alivió y nos abrazamos como amigos (de carne).

Desde entonces cultivamos un particular gusto por el porno setentero, ya que nuestras primeras películas juntos fueron de esa década. Además yo me sentí mucho más identificada con aquellas actrices y sus cuerpos naturales que con los plásticos cuerpos de la pornografía de los culos brillantes.

Mirábamos películas juntos y yo le acariciaba suavemente el glande apunto de estallar o le corría una paja, mirando con mis ojos diablos como dulcemente se le deformaba el rostro de placer. En mi casa o en la suya, sin moros ni cristianos en la costa. No lo dejaba penetrarme ni con los dedos ni con nada: sólo tenía permiso para tocarme y besarme las tetas. Nuestro secreto.

Más adelante lo masturbé sin mirar películas, mientras me contaba sus fantasías con otras que no se atrevía a abordar. Me excitaba escuchar las fogosas palabras con que se refería a algunas conocidas, yo también le contaba lo mío y juntos armábamos dulces fantasías. En una de esas ocasiones fue cuando por primera vez me lo metí en la boca y lo lamí y relamí, imitando lo que había visto en tantas pelis. Me estaba contando como le gustaba cierta niña y como la imaginaba refregándose su verga por la cara mientras se metía los deditos en la concha: la imagen me puso ardiente y quise ser ella. Le dije que imaginara que yo era la niña con quien se ratoneaba, le bajé los pantalones y levanté su verga a lengüetadas. Tiritando los dos de deseo me pasé su pene henchido y caliente por el rostro un buen rato y luego me lo metí en la boca y lo sentí crecer dentro. Lo chupaba y sentía como mis calzones se empapaban, me quité la blusa y el sostén y mis pechos estaban tan sensibles. Hasta que acabó en mi boca y dejé caer el líquido blanquecino sobre mis tetas y lo esparcí como una crema en mi dorso: se sentía tan rico sobre mi cuerpo ardiente: fuimos muy felices.

Él siempre quería follarme y aunque mi vientre era un incendio yo no lo dejaba. Pensaba que si sucedía nuestra amistad acabaría, nos transformaríamos en una más de esas tantas parejas de las telenovelas, sin amor. Esto era lo que sentía y temía. A mí también me gustaban otros chicos, pero me parecía mucho más excitante mi amistad con Carlos que cualquier otra historia de amor y a ésta le dediqué mi tiempo entonces.

Mas llegaría el día en que tendríamos que distanciarnos. Su familia se mudaba al finalizar su enseñanza media. No queríamos separarnos, pero era inevitable. Yo ya estaba fuera del colegio,  trabajando de mesera y con algunas monedas que junté lo invité a pasar unos días en la quinta que comparten mi madre y sus hermanos en Olmué. Le mentí a mi madre diciéndole que iría con más amigas y por supuesto no me creyó.

El terreno de la quinta estaba lleno de paltos maduros. Recolectamos la fruta al atardecer. Mientras molía paltas para la once se me ocurrió aprovechar tanta abundancia para hacer algo que siempre quise, pero la falta de dinero y la prudencia no me permitieron: una máscara facial de palta. Luego pensé que la abundancia y la ocasión daban para más: esparcirme palta por el cuerpo entero, cubrirme toda la piel. Mientras tomábamos once le comenté mi idea a Carlos y él aceptó de muy buena gana participar de mi locura. Molimos decenas de palta. Me desnudé por completo: descubrí mis nalgas y mi vulva por primera vez para Carlos que pareció por fin aliviarse del deseo de comerme el culo con los ojos: Suspiró.  Y empezó con sus manos a frotar la palta por todo mi cuerpo. Por mi hombros, mis tetas, mis caderas, por mi culo con fuerza. Y su polla se abultaba en sus pantalones. Y yo reía como loca.

Cuando ya hubo acabado toda la palta le dije que se detuviera y la dejé descansar en mi cuerpo. No recuerdo qué hablamos en ese rato o sí nos quedamos en silencio, pero las manos de Carlos habían encendido el calor en mi vientre y el incendió se avivó hasta mi alma. Le pregunté sí quería comer la palta sobre mis carnes, y rápido se abalanzó sobre mi cuerpo para besarlo y refregarle con demencia el verde aceitoso. Me lamió la cintura, los contornos de las caderas y los hombros; me comió el ombligo, las tetas, el culo. Con las palmas y las rodillas afirmadas en el suelo le ofrecí el culo. Con sus manos lo apretaba y frotaba, con vehemencia, lo mordisqueaba, lamía y chupaba. Se quitó los pantalones, la ropa interior y los zapatos muy rápidamente y yo volteé mi cara para verlo. Su verga, enorme y colorada; mis mejillas sonrojadas. Con la lengua le indiqué que acercara su miembro a mi boca. Mientras se lo chupaba el dejaba resbalar sus dedos entre mis nalgas hacia mi ano. Estaba muy lubricada, pero sentir sus dedos entrando suavemente en mi culo me estremeció de placer y extrañeza.  Yo se la chupaba más fuerte y el metía sus dedos más profundo. Sentí deseos de refregarle la cara contra mi vulva mojada y caliente, que me penetrara su erección. Le ofrecí mi concha apoyada sobre las rodillas y las palmas de las manos: me masturbó y con mis fluidos lubricó mi ano y luego quiso sorbetearlo. Me metió la lengua en las entrañas y yo intenté apretársela estrechando el agujero. Hasta que suavemente me sodomizó. Al principio dolió y grité sin miedo a que alguien me escuchara y en mi grito el dolor se transformó en un placer que me hizo tiritar desde el culo hasta la punta de la lengua por toda la espina dorsal. Una tras otra embestida transformé con la alquimia de mis gritos el dolor en placer hasta que Carlos me llenó el culo de leche y la batalla acabó. Luego nos bañamos y acostamos juntos: dormimos como bebes. Al día siguiente no volvimos a enredarnos, Carlos lloró por nuestra separación y yo también lloré.

Volvimos a nuestras casas y ya quedaba sólo una semana para que Carlos y su familia se marcharan, en ese tiempo no volvimos a juntarnos: no lo volví a ver.

Pasaron nueve años sin que supiera nada de él hasta que hace unos cuatro meses lo encontré en facebook una tarde solitaria en que quise masturbarme con un recuerdo y por supuesto lo recordé a él: estaba de vuelta en la ciudad hace unas semanas, misteriosa sincronía. Después que nos separamos no tuve ninguna relación seria con un hombre, pero tuve algunas buenas amistades femeninas que me iniciaron en la práctica del lesbianismo, hasta que me vi viviendo emparejada con Alicia, protagonizando una muy moderna telenovela. Llevaba un par de meses chateando con Carlos cuando me atreví a reencontrarlo: lo invité a una fiesta en que celebrábamos mi cumpleaños y la inauguración del departamento en que viviríamos con Alicia y mi gato Plutón.

El reencuentro fue muy emocionante.  Le dije a Alicia que sólo se trataba de un viejo amigo de infancia; pero, en cuanto llegó Carlos, comenzó a sospechar de que algo más hubo entre nosotros. Sin embargo entre el alcohol y el ambiente festivo la disuadí fácilmente.

Innegablemente la presencia de mi viejo amigo me tenía excitadísima y aunque quería pensar que no se trataba de algo sexual también se trataba de esto. Trajo una botella de vino y la compartimos. Me contó que se dedicaba a la cocina y había trabajado en varios restoranes a lo largo del país, no quedándose mucho tiempo en ningún lugar y que ahora quería dedicarse a la venta de especias exóticas. Cuando toda la comida y el alcohol se habían acabado y las botillerías ya estaban cerradas Carlos me preguntó sí quería continuar la fiesta y yo le dije que sí. Sacó dos botellas más de vino para que las bebiéramos las pocas personas que en nuestra borrachera seguíamos disfrutando la convivencia. Carlos me hablaba apasionadamente y Alicia, que a ratos  posesivamente posaba sus ojos en mí, ahora se distraía conversando y riendo con una jovencita muy coqueta que conocimos bailando hace unas semanas.  Poco a poco nuestros cuerpos se acercaban en su lánguida embriaguez. De pronto todos invitados se hicieron humo en el ardor de nuestra conversación. Alicia también desapareció, puede que se haya cogido a la niña coqueta. Yo estaba apoyada en el pecho de Carlos y Carlos me agradeció haberle  hecho los mejores regalos de su vida y me dijo que ahora él me tenía un regalito.

Vamos al baño a verlo, me dijo. Estaba envuelto en papel de regalo, me invadió un ansia por saber de qué se trataba y rompí el envoltorio: una cajita con un lindo dildo rojo. Al verlo sentí un escalofrío y por mi mente pasaron mil fantasías y el miedo. Y volví a ser la niña de dieciocho años jugando con su amiguito… Saqué el consolador de la caja y me lo pasé por los labios, por la cara, entre las tetas por el escote y con la otra mano le apreté por sobre el pantalón para constatar que su verga endurecía. Me saqué la blusa y descubrí mis tetas, hace años que no uso sostén. Le bajé la cremallera y él, en una exquisita coincidencia, tampoco usaba interiores. Chupaba el dildo y le chupaba la verga y sentía mi vulva abrirse como una flor al sol. Llevaba falda y calzones rojos que combinaban con el pene de silicona. Me subí la falda y le pedí que me diera de nalgadas y lo hizo, me mojé. Le desabroché la camisa y acaricié su pecho con el dildo. Se lo puse en los labios y le ordené que lo chupara y lo lamió como una perra. Lubricado con su saliva jugué a pasárselo por entre las nalgas mientras le volvía a chupar su verga, por todo estos años en que la eché tanto de menos. Al notar que se asustaba y apretaba el culo dejé el juego, le entregué el consolador y apoyada en la pared le ofrecí mi trasero, lo meneaba para que se enterase de que sólo quería ser penetrada. Me pasó el dildo y la verga por las nalgas, suavemente, una y otra vez; en ocasiones los presionaba entre mis nalgas: mi conchita esperaba hambrienta. Hasta que me bajó los calzones y penetró mi vagina con el consolador hasta hacerme, perder la vergüenza y el miedo, gemir. A ratos miraba mi colita, como el plástico salía y entraba, y su pene erecto y caliente que a veces se posaba sobre mis nalgas. Verlo duro y sin participar del juego a ratos me enternecía. Le dije que lo metiera dentro mío, pero me dijo que estábamos probando mi regalo. Y embistió con el dildo con más fuerza hasta que me olvidé de su verga y mi concha fue un mar de jugos blanquecinos y me sentí morir.

Entonces me dí la vuelta y me recosté en el suelo. Pasó el consolador sobre mi rostro extenuado que ya no respondía o sólo respondía vagamente y luego lo chupó. También pasó su verga por mi cara sin fuerzas, luego la guardó dentro de su pantalón. Me besó, me dijo que estaba muy feliz de haberme reencontrado y se despidió. Le dije que lo amaba. Se fue.

Esa noche dormí en el sofá. Temí entrar a la pieza y encontrarme a Alicia durmiendo con la jovencita coqueta o esperándome para darme una zurra. No se enteró de nada, no me dijo nada, pero al otro día me fui del departamento diciéndole que necesitaba un tiempo, que tal vez me arrepentía de vivir juntas.

Han pasado las semanas. Desde entonces que no sé nada de Carlos. Lo evito en internet, no me conecto por miedo a encontrarlo A veces miro el consolador sólo para recordarlo.