La muerte siempre aparece como un sueño.
Ismael llegó con José. Mi compañera, Ivette, nos consultó a mí y a mi hermana Valeska si su hermano José podía venir a vivir con nosotros. José llegó con Ismael. La casa es suficientemente grande para compartirla Ivette, Valeska, Estela, José, Ismael y yo.
A Estela no le preguntamos si estaba de acuerdo con la llegada de José e Ismael.
Al principio Ismael y Estela no se llevaron nada bien, casi no podían estar solos los dos juntos y por eso, poniéndome del lado de mi amiga, Ismael no terminaba de caerme en gracia.
Pero con el tiempo aprendieron a soportarse e incluso a quererse. Y yo también me encariñé con Ismael; porque además de ser un poco bruto también era muy curioso, tierno, cariñoso.
Aún estaba ebrio de la noche anterior cuando un invitado en casa me despertó para decirme que la vecina me llamaba porque Ismael estaba colgado afuera de su ventana. Entré borracho en la casa de los vecinos, en pijamas contemplaban a mi amigo colgado. Llamaron a los carabineros. Llegaron tres pacos en moto a poner su mejor cara de listos y a hacer bromas acerca de la extraña muerte de Ismael. La brisa balanceaba el cadáver y yo soñaba que aún estaba vivo: mientras, llegaban a descolgarlo.
Vinieron de la compañía de la electricidad porque afirmado con los dientes de los cables de alta tensión Ismael había cortado el suministro de algunas casas de la cuadra.
Metí el cadáver en una bolsa negra y en mi mochila lo cargué hasta el muelle. Entonces lo arrojé al mar no sin antes agradecerle todo los momentos bellos que me había regalado. El oleaje movía su cabeza y yo soñaba que revivía.
Un siniestro espectáculo para los turistas que visitan el muelle, hasta que un lobo marino lo devuelva al ciclo de la vida.